Cuando
pienso en lo
afortunados que
somos por tener
agua en nuestros
hogares, me
indigna pensar
que algunos de
nosotros todavía
la tiramos como
si no tuviera
valor, me viene
a la mente un
viaje que
realicé en la
Semana Santa de
1998 con los
misioneros de la
iglesia
católica, a una
comunidad
cercana a
Ixtapan de la
Sal donde vivían
aproximadamente
80 personas.
Sus habitantes
veían como algo
ordinario la
falta de agua;
en la pequeña
comunidad de
Yautepec
existían
alrededor de 20
casas esparcidas
en aquel paisaje
árido.
El lugar era muy
seco, no había
llovido desde
hacía varias
semanas, la
falta de agua
era una
realidad, la
gente caminaba
hasta hora y
media para ir a
traerla, en el
mejor de los
casos en el lomo
de una mula con
garrafas y en el
peor con una
cruceta
atravesada en
los hombros de
la cual colgaban
2 viejas
cubetas.
Fuimos alrededor
de 30 jóvenes
que nos
enteramos por
medio de una
convocatoria de
los padres de la
Universidad
Anáhuac de
Xalapa.
Salimos un
sábado a medio
día para llegar
a México D.F.,
alrededor de las
11 de la noche
al Colegio
Cumbres; allí
mismo llegaron
otras decenas de
autobuses
concentrando más
de 2000 jóvenes
en los patios y
gimnasio de la
escuela.
Recuerdo el frío
de la noche y lo
apretados que
estábamos porque
pasamos la
primera noche en
el piso de un
salón de clases,
nos bañamos y
aseamos en las
regaderas del
colegio, sin
imaginar que
serían los
mejores baños
que
utilizaríamos en
todo el resto
del viaje.
Al siguiente
día, domingo por
la mañana, nos
reunimos en La
Villa, el famoso
Santuario, la
Basílica de
Guadalupe.
Aquellos miles
de jóvenes nos
disponíamos a
recorrer alguna
comunidad de la
iglesia católica
en algún lugar
del país y hasta
ese momento,
nadie sabía a
donde iríamos.
Después de la
misa y la
bendición
respectiva
subimos a los
transportes, nos
avisaron que
iríamos a las
comunidades de
Ixtapan de la
Sal.
De los miles que
éramos quedamos
alrededor de 30,
recuerdo que ese
viaje duró 3 o 4
horas desde la
Ciudad de México
a Ixtapan, a
donde arribamos
justo al
anochecer. El
padre del lugar
nos invitó a
cenar,
finalmente se
dividió el grupo
en cuatro
equipos, ahora
éramos ocho.
Pasada la cena
llegó un oriundo
del lugar quien
nos trasladó en
una camioneta
vieja hasta una
comunidad
encajada en las
montañas, a la
que llegamos
después de unos
45 minutos. En
plena oscuridad
nos llevó a una
pequeña capilla,
la cual tenía
una cadena atada
con un candado;
lo abrió, se
oían perros a lo
lejos, pronto
llego una
persona a quien
le dijo que
éramos los
misioneros que
mandaba el Padre
Miguel, el
párroco de la
ciudad, subió a
la camioneta y
se fue.
En ese momento
empezó nuestra
verdadera
misión: esa
noche la
pasaríamos en la
vieja capilla,
entre el altar,
los santos, el
polvo, el olor a
viejo y cemento
húmedo.
Dormimos sobre
las bancas;
pasamos la noche
con un calor
impresionante y
sin mayores
comodidades.
Al despertar,
descubrimos la
realidad, la
pobreza del
lugar, casas muy
humildes
esparcidas en
los cerros, una
casa a lo lejos,
otra en una
loma, separadas
una de la otra
por unos
trescientos
metros; caminos
que se perdían
en aquellas
montañas
dirigían a las
demás viviendas
que por ahí se
encontraban.
Unos cuantos
animales entre
gallinas, un
cerdo y un burro
amarrado al
poste que
sostenía la cruz
de aquella vieja
capilla.
Por ahí apareció
doña Juana,
cubierta de
polvo, descalza
y con la piel
reseca y
agrietada, al
vernos con una
gran sonrisa nos
dio la
bienvenida,
generosamente
nos llevó a su
casa a desayunar
frijoles,
tortillas, café
y un poco de
huevo.
Más tarde nos
reunimos con la
gente del pueblo
que se había
concentrado en
una pequeña
cancha en espera
de nuestra
llegada.
Nuestra primera
misión fue
recorrer las
casas de la
comunidad para
invitarlos a las
jornadas de
trabajo todos
los días en la
tarde, recuerdo
que armamos
varios equipos,
a mi me
correspondía
entretener a los
niños, hacíamos
juegos mientras
las madres de
familia rezaban
el rosario y
hacían jornadas
educativas.
Nuestro trabajo
era convivir con
la gente
olvidada en
aquel remoto
lugar, también
teníamos que
preparar las
festividades de
la Semana Santa.
En el pueblo se
repartieron las
labores,
hicieron una
lista y cada uno
de ellos se
turnaron para
invitarnos a
desayunar, comer
o cenar;
admirablemente
todos nos
querían invitar,
además,
raramente
llegaba alguna
persona a ese
lugar.
Al paso de los
días conocimos a
toda la
comunidad, como
era de esperarse
todos los
misioneros
enfermamos de
diarrea,
recuerdo que la
gente humilde
estaba feliz con
la visita de
aquellos
jóvenes, allí no
había camión, no
era paso
obligado hacia
ningún lugar,
solo habían dos
coches en el
pueblo, un
camino por el
que nada
circulaba
excepto los
niños y algunas
mulas que
caminaban por
allí. En una
casa vendían
refrescos,
galletas y
algunos
productos
básicos.
El agua era
común para
nosotros, todos
cualquiera que
sea el caso de
los misioneros
en nuestras
casas teníamos
agua entubada,
fría y caliente,
incluso muchos
de nosotros nos
damos el lujo de
tirarla o
malgastarla,
mientras que en
aquel lugar una
pipa llevaba el
agua ¡sólo una
vez por semana!
Allí nos
bañábamos todas
las tardes con
cubeta, porque
en las mañanas
el frío era
insoportable,
las tazas de
baño eran
agujeros con
forma de asiento
que conducían a
una fosa
séptica, que
como se podrán
imaginar olía
horrible.
Recuerdo que en
ninguna casa
había agua
entubada, mucho
menos llaves, ni
drenaje, el agua
del pueblo la
acarreaban cada
uno de ellos y
caminaban hasta
hora y media
para ir a
traerla.
En aquel
fascinante viaje
aprecié todo lo
que en ese
momento tenia en
mi hogar,
extrañaba mucho
mi cama, la
televisión, el
baño y sin lugar
a duda aquel
gran lujo que
tenia en mis
manos varias
veces al día y
que ignoraba por
completo: “una
llave con agua”:
Qué una, tal vez
5 o 6 repartidas
por toda la
casa, en los
baños de las
recámaras, la
cocina, el
garaje, el patio
trasero y el
jardín, sin
olvidar el
lavadero y por
supuesto el
cuarto de
servicio y que
además de todo
surtían agua a
presión y con el
gusto de regular
su temperatura e
inclusive
tirarla para
dejar sentir su
vapor, “¡oh, qué
gusto!, ¡qué
lujo!, qué
ironía” me dije
a mi mismo, no
se diga de la
increíble ducha
en la que
regularmente me
bañaba todos los
días.
Quise comentar
acerca de este
viaje porque me
hizo valorar la
importancia del
agua, es tan
común y
ordinaria para
nosotros que
hemos olvidado
su valor, la
contaminamos, la
desperdiciamos o
tiramos cuando
toda vía en este
país hay
millones de
personas que no
se pueden dar el
ese gran lujo
que nosotros,
usted, lector,
nos damos.
¿Hasta cuándo lo
vamos a
entender?
www.salvemoselagua.org
El 03
de Junio del 2011
El Lic. Alejandro de
la Madrid,
presidente de la
Fundación Salvemos
el Agua A.C. aparece
en la introducción
del noticiero de
Joaquín López Doriga
opinando acerca de
los cambios de clima
en el Estado de
Veracruz. (Minuto
1.39).